sábado, 26 de noviembre de 2016

El Renacimiento - Arquitectura ( II )...




El «maestro de obra» medieval era un «práctico», alguien que construía formas pero que no daba razones sobre ellas, alguien que no teorizaba, que no se consideraba inventor ni menos científico. Para Vitrubio, el tratadista romano inspirador de la arquitectura renacentista, ésta era «una ciencia», y el arquitecto debía ser un estudioso, un teórico que entendiese lo que debía hacer, pero que, sobre todo, reflexionase sobre ello al tiempo que conociese los medios para llevarlo a cabo. En el Renacimiento, el arquitecto o, al menos, el arquitecto ideal, no es quien construye la arquitectura: la piensa; para él, lo importante es el concepto de la arquitectura, no la práctica de la misma.


Y ese principio emanado del mundo clásico, nunca abandonado del todo a lo largo de la Edad Media, es el que en el siglo XV convirtió al arquitecto en el más reconocido de los artistas, en el primero y durante mucho tiempo el único cuya labor llegó a tener el privilegio de ser considerada arte liberal; es decir, arte en el que el intelecto predomina por encima de la capacidad manual de las artes mecánicas.

Con todo, hay que tener en cuenta que el ideal no se correspondía exactamente con la realidad; en el Renacimiento, pintores, escultores, arquitectos e incluso poetas y filósofos no surgieron de las clases privilegiadas, sino de las clases medias acostumbradas al trabajo, fuese éste el del artesano o el del comerciante, y también, por lo común, no llegaron a alcanzar altas cotas sociales. Hubo, evidentemente, excepciones, como la de Brunelleschi, hijo de notario, y Alberti, hijo natural de un patricio, pero aun y con ello, el concepto de hombre que trabaja con las manos, aunque lo hiciera cerca de los centros de poder, fue el que dominó en aquellos que, después de poseer los mínimos conocimientos de lectura y escritura, ingresaban en un taller para aprender un oficio.






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