lunes, 9 de abril de 2012

"El drago" de Óscar Domínguez...




Pocos árboles están tan envueltos en una aureola mítica como el drago. Su aspecto sobrecogedor ha contribuido a que estos gigantes del reino vegetal hayan sido objeto desde la más remota antigüedad de leyendas, simbolismos y atribuciones anímicas sorprendentes.

Si a esto se le añade el lado práctico, es decir el interés comercial que tuvo la sangre de Drago en el pasado, por sus propiedades tintóreas y farmacológicas, se comprende que esta especie fuese ya conocida en la Roma Imperial hace 2.000 años.

Sin embargo no sería hasta después de la conquista cuando comenzó la exportación masiva de la valiosa savia a Europa, y con ella la destrucción sistemática de estos árboles.

También a partir del s. XV muchos dragos fueron cultivados en jardines europeos, y proliferaron descripciones y láminas sobre esta especie, alguna de las cuales se remonta al menos a 1756.

En la obra de estudio, Óscar Domínguez presenta un paisaje simbólico de corte daliniano en el tratamiento de los objetos y las figuras.

En este cuadro, además del piano, nos encontramos el drago que le da título. Aquí hallamos cómo la parte inferior de un cuerpo femenino, situado bajo el piano en actitud explícitamente sexual, claras imágenes surrealistas impregnadas de erotismo, se funde con las raíces del árbol. Sobre el drago se posa oníricamente un león, una de las figuras surrealistas más recurrentes.

En la mitología griega, en el Jardín de las Hespérides -que muchos autores sitúan en las islas Canarias- crecían manzanas de oro de los árboles, jardín que estaba protegido por Ladón, un fiero dragón de 100 cabezas por las que escupía fuego y al que los antiguos griegos asociaron con El Teide en erupción.

Las ramas del árbol podrían ser asociadas a las cabezas del dragón que, además, según la mitología, cuando éste fallecía se convertía en un árbol dando origen a la leyenda del drago.

Bretón, en su viaje a Canarias en 1935, lo relacionó con los términos mágico y ancestral que tanto interesaban a los surrealistas. No en vano, Bretón denomina a Domínguez en su Diccionario Surrealista como Ledragonnier, quedando el artista identificado para siempre con este árbol. Este cuadro es una de las obras del artista canario más representativas y relevantes dentro de su producción.

Concretamente Bretón de su viaje a Canarias escribía… “Hay un cuadro de Óscar Domínguez que representa un drago, el árbol sagrado que sólo se da allí, cuya savia es del color de la sangre humana, y que tiene a su pie un piano de cola. Me sorprendió. Es la forma de la isla". (...).

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