miércoles, 4 de marzo de 2009

Juan Martínez Montañez


Juan Martínez Montañés nace en Alcalá la Real (Jaén, 1568) y aprende el oficio de dorador en el taller de su padre.

Desde los catorce años se encuentra en Sevilla, donde asiste al taller de Jerónimo Hernández o de Gaspar Núñez Delgado, en diciembre de 1588 obtiene los títulos de maestro escultor y maestro ensamblador o arquitecto de retablos, y establece su taller en la parroquia de la Magdalena.

Se casa dos veces, con Ana de Villegas en 1587, de la que tiene cinco hijos, y con Catalina de Salcedo, en 1594, que le dio siete más.

A pesar de ser hombre de vida ordenada, llegó a estar encarcelado dos años acusado de complicidad en un asesinato.

Velázquez lo retrata en 1635 cuando viajó a Madrid llamado por la Corte para realizar un retrato del rey con destino a la escultura en bronce, que hoy se encuentra en la plaza de Oriente, con caballo dibujado por el propio Velázquez, que luego fundiría Pietro Tacca.

Era consciente de su valía y se enorgullecía a menudo de ello. Gozó de tan enorme prestigio que los sevillanos lo llamaron el "dios de la madera". Murió en Sevilla a consecuencia de la peste en 1649.

El Cristo de la Clemencia (Imagen P.A.U.).

El 5 de abril de 1603 el arcediano de Carmona Mateo Vázquez de Leca le encarga, para su oratorio particular, el Cristo de la Clemencia, que hoy se guarda y venera en la sacristía de los Cálices de la catedral de Sevilla. Es de cuatro clavos según la prescripción de Pacheco que se inspira en la descripción que hace Santa Brígida en sus Revelaciones (que toman Zurbarán, Velázquez y Alonso Cano). También habría una copia de un Cristo de Miguel Ángel, hecha por Jacopo del Duca y llegada a España en 1597, que tenía los pies cruzados y que seguramente conoció Montañés por estampas.

Pero toda la concepción del Cristo, según Gómez-Moreno, muestra una clara derivación de los Crucificados de Pablo de Rojas, que sería así el iniciador de las series granadina y sevillana. Más tarde Emilio Orozco ha estudiado y señalado la influencia del Cristo de la sacristía de la catedral de Granada (c. 1600), que atribuye a los hermanos García (gemelos canónigos de la colegiata del Salvador que gozaron de gran fama como imagineros), en el Cristo de los Cálices.

La iconografía, sin embargo, se la dicta el contrato, donde el clérigo exige que el Cristo «ha de estar vivo antes de haber expirado, con la cabeza inclinada sobre el lado derecho, mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie de Él, como que está el mismo Cristo hablándole y como quejándose de que aquello que padece es por él.»

El maestro quiere y sabe que puede hacer una obra excelente y añade que «ha de ser mejor que uno que hice… para las provincias del Perú… Tengo gran deseo de acabar y hacer una pieza semejante para que permanezca en España y que no se lleve a las Indias ni a cualquier otro país, para renombre del maestro, que la hizo para gloria de Dios.»

A la entrega de la talla Montañés recibió 300 ducados y además una gratificación de 600 reales, lo que indica la satisfacción del clérigo.

«El cuerpo, suavemente modelado, puede considerarse como un prodigio virtuosista. No es fácil traspasar la perfección técnica de esta obra... equilibrio entre belleza física y transporte espiritual... se mantiene alejado de la exhibición sangrienta... se acude a una corona de espinas natural, detalle de barroquismo... Pacheco policromó esta pieza con exquisita maestría... La carne mate y fresca» (Martín González).

Es «perfecto de dibujo, modelado, talla y anatomía, donde todo está equilibrado, sirviendo la materia como puro soporte de la idea» (Hernández Díaz).

La composición trapezoidal por los cuatro clavos le da serenidad y reposo; el canon alargado es aún manierista, perfecta síntesis entre la belleza clásica del cuerpo y el intenso realismo que dimana de él; el sudario envuelve suave las caderas, se anuda a un costado y se amontona rítmicamente en múltiples pliegues delgados, como corresponde a una tela muy fina pero recia, cuyo movimiento quiebra la quietud vertical. «Es una interpretación manierista por excelencia. Cristo apolíneo, sin apenas magulladuras ni heridas, salvo las de los clavos... y las producidas por la corona de espinas... Cristo triunfante en su belleza de Dios-Hombre, en la Cruz, símbolo de salvación más que de martirio» concluye Alberto Villar.

Con este Cristo, Montañés define el prototipo de los crucificados sevillanos. «Es sobre todo la obra de un genio en trance de inspiración», añade G.-M. y el resto de la crítica lo destaca como el Cristo más bello de la escultura barroca y una de las más hermosas realizaciones del arte universal, comparable a las obras de Praxiteles o de Lisipo.

En la iglesia del Sto. Ángel, de la calle Rioja, el Cristo de los Desamparados se inspira en el de la Clemencia, aunque está muerto y una lámina de sangre le brota del costado. El paño es semejante, pero la encarnadura es más cetrina, como corresponde a la muerte. Acaso sea del maestro o de alguien muy próximo a él, aunque no supera el original.

Aunque no pertenece a ninguna Hermandad, el Cristo de la Clemencia participó en el Santo Entierro Grande del Viernes Santo (2 de abril) de 1920.





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