domingo, 1 de marzo de 2009

Arquitectura Barroca en España: Influencia Herreriana, Barroco Pleno y Barroco Palaciego


España se fue incorporando con reticencias al nuevo estilo Barroco, pues su arquitectura se encontraba cautiva de las formas anteriores, en concreto del gran peso que El Escorial ejerció sobre el panorama edificatorio español. Es así que, durante aproximadamente la primera mitad del siglo XVII, los edificios van a seguir la influencia herreriana. Sólo a partir de mediados de este siglo, comienza a desarrollarse la denominada fase ornamental, que se transformará en un Barroco movido ya en el siglo XVIII.

Aunque se utiliza la piedra y el mármol, los materiales tienden a ser pobres (ladrillo, mampostería y yeso), encubiertos por la decoración; es la arquitectura de la apariencia.

El tipo de construcción predominante será el religioso, pues la arquitectura civil sufre un estancamiento hasta la llegada de los Borbones, relacionado con la crisis del siglo XVII. Únicamente el urbanismo asociado a las “plazas mayores” como nuevos espacios públicos tiene un gran desarrollo donde se realizan todo tipo de actos.

La Iglesia, en el marco de la Contrarreforma, es pues la principal impulsora de las artes. Los edificios religiosos serán casi siempre sencillos, sin curvas sobre las que, sin embargo, se aplican fantasías decorativas tanto en el interior como en la fachada, concebida como un retablo recargado que destaca sobre la sencillez del resto del muro. Y es que la característica fundamental del barroco hispano, sobre todo a partir de 1650, es su carácter esencialmente decorativo, logrando un efecto deslumbrante con la exuberancia ornamental.

El primer Barroco: la influencia escurialense (primera mitad del XVII):

En Castilla sobre todo, la arquitectura se amoldó, como se ha apuntado, a la enorme influencia de El Escorial, conformándose unos modos constructivos de gran simplicidad geométrica y con escasa importancia de la decoración. El artista más importante de esta tendencia fue Juan Gómez de Mora y donde mejor sigue las directrices escurialenses es en su repertorio de obras civiles ejecutadas en Madrid. Gómez de Mora irá ganando prestigio y acumulando cargos. Aquí realizará sus más singulares edificaciones; entre ellas, cabe destacar el proyecto para la Plaza Mayor, de 1617.

La plenitud del barroco: el desarrollo ornamental (segunda mitad del XVII y XVIII):

Durante la segunda mitad del siglo XVII, se van sustituyendo lentamente las antiguas y rigurosas formas por un lenguaje más decorativista que incorpora elementos plásticos en los muros, como motivos vegetales, volutas, molduras o escudos recortados, procediendo, por otro lado, a la ruptura de la superficie de las fachadas con el fin de crear un juego de luces y de sombras. Entre los arquitectos más destacados, se encuentra Alonso Cano, quien levanta la fachada de la catedral de Granada (1667).

A partir del siglo XVIII, el Barroco abandonó totalmente las antiguas influencias para lanzarse a la gestación de un estilo movido, conectado con lo Rococó y caracterizado por el empleo de la columna salomónica, los frontones curvos y partidos, todo tipo de molduras recortadas, decoración naturalista, textiles, escudos recortados, policromías etc. Los expertos coinciden en señalar dos importantes focos constructivos: Madrid y Salamanca, donde distinguidos arquitectos llevan a cabo construcciones urbanas.

En Madrid, trabaja Pedro de Ribera, quien, como arquitecto municipal, es el encargado de desarrollar diversas obras en la capital. Junto a diferentes construcciones religiosas y de urbanismo, como el Puente de Toledo, es explicativa de su estilo la Fachada del Hospicio de San Fernando (1722). En Salamanca, los hermanos Churriguera integraron un foco artístico, del que es digno representante Alberto), quien diseñó la Plaza Mayor de la ciudad (1729-1750) siguiendo un esquema que se inició en las plazas de Valladolid y de Madrid. Su enorme producción y su obra caracterizada por el exceso de decoración llevaron incluso a hablar de un estilo propio, el churrigueresco, cuyo más alto ejemplo es el retablo de la iglesia de San Esteban (Salamanca) obra de José Benito Churriguera con columnas salomónicas cubiertas de decoración, estípites, entablamentos salientes y perfecta fusión de arquitectura , escultura y pintura.

Además de los mencionados centros, pueden señalarse otros focos regionales, aunque es preciso apuntar que sus ejecuciones son fundamentalmente decorativas y que, salvo excepciones, se limitaron a decorar o transformar edificios ya existentes, consistiendo sus obras más significativas en la remodelación de fachadas o ejecución de capillas, a caballo entre la arquitectura y la escultura.

En Galicia, la Fachada del Obradoiro de la catedral de Santiago de Compostela, terminada en 1747 por Fernando de Casas y Novoa; en Valencia, el Barroco dieciochesco fue cultivado por diversos autores que trabajaron en un ambiente caracterizado por la llegada de extranjeros, especialmente italianos; en Toledo, Narciso Tomé consigue sobrepasar los límites del frío material, el mármol, para convertir su Transparente de la Catedral (1721-1732) en un ente orgánico, casi vivo, que parece retorcerse frente al espectador; en Andalucía se sigue la tendencia de un arte recargado, decorativo, colorista que encubre la pobreza de los materiales.

El nuevo clasicismo francés: el arte palaciego borbónico (XVIII):

También durante el siglo XVIII, sobre todo en su primera mitad, se dio en España una corriente constructiva interesada por el clasicismo, cuyas más insignes obras están asociadas a la nueva dinastía francesa, los Borbones. Convive por tanto con el decorativismo, que se realiza en casi toda España, un arte cortesano realizado por arquitectos extranjeros responsables de los palacios de la nueva familia reinante. Es un arte enemigo de la exuberancia ornamental, mucho más clasicista y que sigue las tendencias marcadas por el barroco francés. Son fundamentalmente los italianos Juvara y Sachetti, que trabajan en el Palacio Real de Madrid (1735) y en el de la Granja de San Ildefonso, éste con jardines y fuentes a la francesa.

Este nuevo estilo más sobrio y clasicista influirá en algunos autores que serán los iniciadores del nuevo estilo neoclásico ya en la segunda mitad del XVIII. Es el caso del Camarín de la Virgen de la Basílica de El Pilar de Zaragoza (1750), ideado por Ventura Rodríguez.




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